por Fabricio Cjuno – Director de Sociedad Abierta
El Perú necesita una segunda independencia, pero no contra España ni contra su pasado: contra su propia adolescencia política.
Durante demasiado tiempo hemos explicado nuestros problemas recurriendo a la Conquista, la Colonia, los criollos y las heridas de hace doscientos o quinientos años. Esa historia debe estudiarse sin romanticismos, pero también sin convertirla en una condena perpetua. Ni leyenda rosa ni leyenda negra. El pasado explica parte de lo que somos, pero ya no puede justificar todo lo que hacemos mal.
El Perú independiente ya tiene más de dos siglos. Ya no es una república joven. Sin embargo, continúa comportándose como un país adolescente: culpa a otros de sus fracasos, espera soluciones mágicas, confunde derechos con regalos, protesta contra las consecuencias mientras defiende las mismas causas y vuelve a elegir a quienes prometen repartir lo que nunca aprendieron a producir.
Y el tiempo se está acabando.
Mientras seguimos discutiendo cosas bizantinas, el país envejece. Podemos llegar a la vejez demográfica antes de alcanzar el desarrollo. Podemos envejecer siendo pobres, informales, inseguros y dependientes de un Estado incapaz de ofrecer servicios básicos, pero siempre dispuesto a controlar, cobrar, prohibir y prometer.
Por eso necesitamos hacer tabula rasa. No significa borrar nuestra historia, nuestra identidad andina ni nuestra herencia hispánica. Significa dejar de utilizarlas como trincheras. Integrarlas en un proyecto común y comenzar a juzgar las ideas por sus resultados, no por los resentimientos que movilizan.
La nueva independencia debe liberarnos del populismo, del centralismo, de la burocracia, del clientelismo y de una izquierda que convirtió el fracaso en identidad política. Pero también debe liberarnos de nuestra comodidad como ciudadanos: de buscar privilegios, informalidad conveniente, empleos públicos innecesarios y soluciones que siempre debe pagar otro.
La escena de San Martín proclamando la independencia desde Machu Picchu nunca ocurrió. Precisamente por eso resulta poderosa. Nos permite imaginar una independencia que no pertenece únicamente a Lima, sino a todo el Perú: costeño, andino y amazónico; indígena, mestizo, criollo y migrante. Machu Picchu no aparece como arma contra una parte del país, sino como símbolo capaz de integrarlo. Y recordemos, la libertad se ejerce. Y ha llegado la hora de actuar.


